*A nueve kilómetros de la ciudad de Tlaxcala, un espacio con bordados que muestran fusión entre lo indígena y español; un taller donde registrar, documentar y compartir el arte y la cultura
Beto Pérez
Contla de Juan Cuamatzi, Tlax.- El aire huele a lana, a añil, a madera vieja, a trabajo meticuloso y a cariño heredado.
El sol de esa tarde se cuela tímido por los ventanales recién colocados de la Galería Nezahualcóyotl, un espacio joven, pero cargado de una memoria que no pertenece sólo al último mes y medio desde su apertura, sino que abarca siglos y generaciones de voces y manos.
Es Ignacio quien dirige el recorrido y su figura firme y cálida parece el lazo que une la tradición con el presente. Él es mucho más que curador: es heredero, guía, testigo y, sobre todo, quien retoma la aguja de la historia textil de su tierra.
Entre piezas que a simple vista deslumbran por su color y diseño, eso es apenas la superficie de un arte milenario, cuyas raíces se hunden en la diáspora de los tlaxcaltecas.
De blanco y negro, de gamas profundas y variaciones sutiles, el legado viaja de San Miguel a Saltillo, pero su cuna, nos recuerda Ignacio, es Tlaxcala. Así, relata cómo la pieza central de la galería, tejida por Sarita —colaboradora, prima y cómplice de esta aventura— rinde homenaje a las técnicas antiguas.
“Cuida esas manos y que Dios la bendiga”, se escucha tras admirar el tejido, porque en cada punto de lana late la fe y el respeto a lo que ha sobrevivido al tiempo.
Los tlaxcaltecas no solo bordaron patrones, bordaron la geografía y la historia donde se asentaron. Así, los textiles muestran la fusión entre lo indígena y lo español, una mezcla irrepetible que no significa reemplazo, sino transformación. Ignacio es claro: “Nuestro tejido se mejoró con los españoles, pero la forma, el cuadro, el rectángulo, el uso… todo es prehispánico”.
El debate sobre el origen del sarape de Saltillo surge: durante generaciones, muchos creyeron que era una técnica coahuilense, pero la verdad se va develando. “El verdadero sarape es de acá; lo que pasa es que allá se comercializaba”.
La mercancía se confundió con la cuna y la historia con el mercado. En el hilo de esa explicación se percibe cierto orgullo, una reivindicación que no busca quitar mérito a nadie, sino darle a cada telar su justa memoria.
Las piezas no sólo se miran, se sienten. Ignacio nos permite tocar la trama, seguir sus degradados, entender que cada color y cada forma están inspirados en la naturaleza: el campo, el atardecer, el mar. Son paisajes convertidos en abrigo y símbolo.
“Este sarape es uno de los más antiguos de México, del siglo XVI”, narra Ignacio con cierto reverencial temblor. Cada variación, cada combinación de colores, depende del asentamiento tlaxcalteca que lo haya visto nacer. La tradición no es solo un repertorio de reglas, es un idioma en permanente evolución; cada familia y cada generación le añade su palabra.
A lo largo de los años, el taller y la galería se han hecho de premios. Pero lo que brilla aún más son las manos de quienes lo han hecho posible. Sarita, con la emoción de quien tiene sueños y orgullo, va a competir a nivel nacional y su pieza, aún oculta para el gran público, espera el momento exacto para brillar por todo México.
El tono se vuelve emotivo. Ignacio, con voz entrecortada, comparte una confesión íntima: ahí, entre las piezas expuestas, están los últimos tejidos de su madre, quien falleció a los 72 años.
El valor real del arte no siempre se mide en premios ni en dinero, sino en el cariño y la memoria familiar que lo sostienen.
No falta el guiño contemporáneo: varias de las piezas han aparecido en videoclips del cantante Carlos Rivera. El arte es tan versátil como la vida: lo mismo desfila por un video musical que viste a generaciones de familias.
El padre de Ignacio aún vive y trabaja; es descanso y es impulso. En cada retrato se nota el orgullo y la humildad de quienes saben que tejer es más que un oficio, es un destino heredado. Las fotografías, los videos, los premios y las piezas cobran sentido porque detrás de cada una hay un linaje y una comunidad.
La Galería Nezahualcóyotl abre sus puertas al devenir. Ignacio anuncia próximos ciclos de poesía, nuevas exposiciones para julio y colaboraciones con otros artistas. La invitación está abierta para quien quiera contagiarse de esa energía y ese orgullo que la galería transmite, porque al final, el arte —como la vida misma— se fortalece en la comunidad.
Antes de despedirse, Ignacio comparte las redes sociales: https://www.instagram.com/artenetzahualcoyotl/?hl=es







